CRECIMIENTO PERSONAL. Parte 2

De nuevo, me dispongo a compartir con vosotros una etapa maravillosa del camino: el retiro de ayuno. Tengo la intención de llevaros a un punto de disfrute conmigo. Quiero transmitiros todas las sensaciones vividas, los momentos compartidos y los aprendizajes adquiridos. Para ello, voy a seguir un relato dividido en dos partes bien diferenciadas: por un lado, comenzaré contando paso a paso el proceso de transformación que el retiro ha producido en mí – en cuerpo, mente y espíritu –; y por otro, os explicaré las sensaciones vividas con las herramientas utilizadas para llevar a cabo todo ese crecimiento.

A lo largo del primer post, expliqué que el ayuno no es, de modo alguno, el objetivo del retiro, sino que en realidad, es un instrumento increíblemente estimulador y facilitador del proceso de transformación que se desarrolla en uno mismo. De hecho, existen tres programas de desarrollo  – flexibles y revisables – que se adaptan a cada persona en función de sus condiciones y estado:

· Programa 1: Tres batidos de frutas y verduras – íntegras – al día + caldo por la noche

· Programa 2: Un zumo licuado – sin fibra, o sea, sin pulpa – de fruta y verdura por la mañana + caldo por la noche

· Programa 3: Exclusivamente agua e infusiones, salvo los dos primeros y los dos últimos días en que hay un licuado por la mañana  + caldo por la noche

 

Tras vivir la experiencia la primavera pasada, tenía la firme intención de vivir este retiro más profundamente, no tenía ninguna duda de que mi elección sería el programa 3. En los tres se alcanza de igual manera el estado de cetosis donde el cuerpo debe de echar mano de sus reservas intrínsecas, obteniendo así las mejoras del ayuno. Sin embargo, al eximirle en mayor medida de la responsabilidad de la digestión, optimiza el resultado.

De nuevo, no sentí necesidad de comida durante todo el retiro y me resultó bastante fácil acompañar al resto mientras se tomaba sus zumos o batidos; ahora bien, mi botella de agua se convirtió en parte de mí cada día, ya que la necesidad de hidratación es perenne. Hay ciertos síntomas habituales algo molestos, como el aliento y la aridez de la lengua, que son consecuencias lógicas del estado cetogénico, pero nada que no pueda arreglar un traguito de agua.

Hacia el segundo o tercer día – en algunos casos les sucedió en el cuarto –, coincidiendo con que el organismo debe tirar de reservas, sobreviene un estado de malestar general con agotamiento, mal humor, dolor de cabeza, posibles molestias intestinales. Sin duda, realizar un buen pre-ayuno minimiza estos síntomas y te da la posibilidad de sobrellevarlos mejor. En mi caso, no creo que nadie dude de que, aún más habiéndolo vivido una vez, mi pre-ayuno fue bastante estricto según las normas que nos marcaron. Por ello, las sensaciones, en mi caso, fueron muy leves el tercer día, con un poquito más de fatiga de lo normal y un ligero dolor de cabeza al acabar el día.

Y una vez pasada la barrera, aquí donde viene la magia. Biológicamente, el organismo tiene preparado un cóctel energético especial para ti, ante la expectativa de una situación de carencia extrema o estado de emergencia límite. ¿Sabes qué?: ¡te lo tomas enterito! Y no sólo eso, sino que ante la necesidad orgánica de optimizar el rendimiento, el cuerpo comienza a eliminar todo aquel tejido celular que no necesita o que no es funcional, para regenerarse en función de las necesidades. Es en este momento, cuando se pueden sentir mejoras físicas significativas: disminución de dolor físico, mejoras orgánicas a todos los niveles, desintoxicaciones de fármacos o sustancias nocivas – café, tabaco, dulces –, ya que nuestro cuerpo está dando lo mejor de sí, recomponiéndose. Y en verdad notas este proceso. Es como si todo en tu cuerpo fuese natural, equilibrado, cariñoso.

Los únicos órganos hiperexigidos durante el ayuno son los riñones, debido a la alta demanda de filtración y excreción. Sin embargo esta actividad es llevada a cabo por ellos de una forma mucho más equilibrada y respetada que la habitual. Además hay un montón de actividades, propuestas, infusiones y cuidados, que tienen por objetivo mimarlos cariñosamente.

Estos días son intensos, emocionantes, llenos de energía: ASOMBROSOS. La cohesión del grupo se hace inmensa y aparecen momentos en las actividades que realmente te conectan con la vida. Desde aquí hasta el final, vives una y otra vez experiencias inolvidables con todo: el entorno, tu cuerpo, la gente a tu alrededor. Y sientes TODO, todo menos el mundo caótico y agresivo de allí fuera. Estás tú, contigo y tu naturaleza, en perfecta comunión con el Universo.

En el siguiente post, os contaré como canalizar toda esta energía en los talleres y actividades que se realizan. Sin duda, la combinación resulta un subidón tan grande que la transformación es inevitable. Me resulta realmente imposible negar que algo cambia dentro de uno mismo. Y ese cambio se produce a todos los niveles:

  • Físico: es irremediable la pérdida de peso – en mi caso, 3 kg en el pre-ayuno y 4 durante el retiro –, pero también es considerable la energía y fuerza que se irradia. Yo las he palpado en todos mis compañeros.
  • Mental: resulta absolutamente sorprendente conocer a tu mente, entender su funcionamiento, y aprender, bajo el respeto y la consideración, a controlarla y acallarla. La sensación de cómo se diluye y pasa el control de tu vida a tu corazón es indescriptible.
  • Espiritual: es posiblemente, el cambio más gratificante que se encuentra durante el retiro. En el aislamiento del ruido, entiendes la conexión entre todo lo que existe y como formas parte de ella. Lo indivisible del TODO. Te encuentras en ti, en el grupo, en la naturaleza, en el mundo.

 

Es difícil explicarle a alguien que no ha vivido una experiencia así cómo se encuentra uno, pero la sensación es como de seguridad, de confianza y de vivir el presente, que por cierto, es lo único que existe. Como dice Diego en la Sadhana que tanto me conecta: “por muy bonito que sea un pensamiento, el presente tiene más colores, más matices, más amor: MÁS VERDAD”.

 

NAMASTE

Continuará        

David Carnicero                                                                           

11 de diciembre de 2018
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